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UN BÁLSAMO PARA LAS FOBIAS.

FORESTALDENTROMEJOR.

Conducía por una carretera con un único carril para cada sentido y, a pesar de llevar puesto el aire, la ventana estaba ligeramente abierta a propósito para que entrase el olor a pino, que siempre es mejor que el del ambientador artificial. “Después de las raíces; ahí es donde hemos quedado con los chicos” me aclaró Ana, profesora compañera de fatigas, antes de que llegásemos a un famoso parque dedicado al turismo de aventuras, situado en La Esperanza. He de hacer una confesión: mi miedo más antiguo y del que más me cuesta desprenderme es el que me provocan las alturas. Aunque mucho se habrá escrito sobre el vértigo, poco sé sobre él, salvo que lo padezco y que cada vez que acabo en un sitio muy alto me invade la incontrolable sensación de que me voy a caer. Y en ese momento temblaba, porque en el destino al que nos dirigíamos, las actividades se hacen lejos del suelo. A día de hoy he probado de todo para superar esta fobia, todo sin demasiado éxito, pero gracias a la combinación de mi patológica incapacidad para decir que no y la buena sintonía que ha habido con la última promoción del máster universitario en Gestión de Eventos, Protocolo y Comunicación de la Escuela Universitaria de Turismo de Santa Cruz de Tenerife (EUTUR), creo que estoy un poco más cerca de conseguirlo. Sin duda, la combinación de árboles, lanzaderas, cuerdas y plataformas flotantes es una buena pócima.

Llegamos al recinto y ya nos estaban esperando nuestros acompañantes para el resto del día: Norberto, Yara, Víctor y Sara. Fufi, el último de los efectivos, acabó por incorporándose más tarde… A pesar de las tareas que tenía pendientes, no falla en el compromiso.

Mientras nos dirigíamos con el grupo hacia el comienzo de la aventura, compuesto por un total de 26 valientes, mi mente analizaba hasta el mínimo detalle que había alrededor, consciente de que nos dirigíamos a la caverna del lobo. Atravesando el sendero, observé que junto a la casa de bienvenida se hallaba un pequeño circuito, donde un niño y un adulto iban avanzando despreocupadamente por unas plataformas situadas a unos 4 metros de altura.
– Vaya, pues al final las pistas no están tan altas como imaginaba.- apunté con un optimismo desmedido- ¡Hasta las puede hacer un niño!
– Claro,- respondió Yara- eso es porque es el circuito familiar.
Todos explotaron a reír y yo me sumé, intentando camuflar mi preocupación.

FORESTALDENTRO

Ataviados con los arneses, me acariciaba la barbilla mientras todos escuchábamos, atentos y temerosos, la indispensable charla de seguridad previa a la primera prueba. Me río a carcajadas al recordar como aquel aperitivo se me hizo un banquete: después de trepar por una rudimentaria escalera de unos tres metros y medio que hizo que mis piernas temblasen de temor, atravesamos una cuerda floja que finalizó en una tirolina de poca distancia. Ahora me veo a mi mismo sonriendo complaciente mientras descendía, pensando que el resto de la jornada sería parecida a esa prueba y la palabra que me viene a la mente es “iluso”. Y es que la ignorancia nos hace más felices.

Concluimos con relativa presteza la zona de entrenamiento, y nos pusimos en marcha en dirección al circuito deportivo, mientras miraba por encima de hombro, de refilón y con cierta añoranza la ruta familiar que dejábamos atrás. Al llegar a la primera fase, mis renovados ánimos se fueron de vacaciones al descubrir que la escalera era tres veces la del entrenamiento. “Si lo breve es dos veces bueno, lo triple debe ser cuatro veces malo” pensé, sin mucha lógica. Intercambiamos opiniones sobre la inestable estructura y mis acompañantes, encabezados por Sara, empezaron a desfilar por la escalera. Me convertí en una improvisada Penélope que veía partir a Ulises y a los argonautas, pero con el temor añadido de que tenía que seguirles en su Odisea. Estaba sumido en mis pensamientos hasta que un tintineo me recordó que era el momento de asegurar mi arnés, y aunque podría haber postergado ese sufrimiento, decidí atajarlo quedándome el penúltimo, dejando a Fufi y a Víctor en la retaguardia.

No diré que subir la escalera fue tarea fácil, pero mirar fijamente al tronco del árbol la hizo más sencilla. Mi dogma era no bajar la cabeza ni un ápice; aquello podría haber sido como apretar el gatillo con la pistola acariciando la sien. A continuación el tramo se transformaba y nos obligó a pasar de nuevo sobre una cuerda floja, solo que a una distancia más amenazante que la de la primera prueba. En aquel momento extrañé el circuito anterior, y se me hizo lejano en el tiempo, como de épocas antediluvianas. Lo que aún no sabía es que ese inicio que tanto me había costado era el preludio a la gran prueba final que culmina toda epopeya. Al poner un pie en la siguiente plataforma, vi como Yara, la más joven de todos, se lanzaba al vacío de forma intrépida y surcaba el cielo para acabar atrapada por un conjunto de cuerdas que simulaban una tela de araña. Norberto hizo lo propio. Y después Ana. Era mi turno.

tela

¿Qué distancia separaba la red de cuerdas de la plataforma? No lo sé, pero en los sueños que tuve esa noche continuó pareciéndome un abismo. De pronto me encontré maldiciendo mi valentía de opereta y me cuestionaba qué diablos hacía suspendido a unos siete metros de altura a punto de hacer una tosca imitación de Spiderman, cuando yo de Peter Parker solo tengo las gafas de pasta y el miedo, que me viene de serie y a veces consigue controlarme. Esto último no tardó en manifestarse y Fufi, detrás de mí, se percató de lo que era un secreto a voces: mientras de cintura para arriba mi cuerpo estaba en completa tensión, mis piernas iban por libre. Estaba al mismo paso de saltar al abismo que de perder el control, así que no tenía más remedio que actuar. Con un salto inconsciente, precedido de los típicos arrepentimientos que ahora se me antojan cómicos, me lancé al vacío y, en pocos instantes, impacté contra la red de araña. Y no, ni pasó toda mi vida por delante ni aquel momento duró una eternidad. De hecho, no tuve tiempo ni de gritar. Tras el impacto creo que oí vítores, puede que aplausos, pero mientras un redescubierto instinto de supervivencia me hacía escalar a toda velocidad para salir de aquella trampa mortal, una voz que solo sonaba en mi cabeza eclipsaba a las demás: ¡lo has hecho! Pero no había momento para la incredulidad porque las andanzas arbóreas estaban lejos de acabarse.

Después del salto sobre la telaraña, el menú fue bastante ligero: de primero un paseo sobre la cuerda floja, de segundo troncos flotantes y de postre tirolina, otra vez. Puede que en el momento posterior a que mis zapatillas se cubriesen de polvo no tuviese el sacrosanto gesto de besar el suelo, pero reconozco que me tumbé, aliviado, sobre la pinocha que hace de pista de aterrizaje en cada descenso. Y allí me quedé en plena catarsis, asimilando lo que había acabado de hacer, envuelto en un cóctel de sensaciones. De primeras me embriagó un tranquilizador alivio al sentirme menos Tarzán- o George de la jungla, según se mire- y más Livingstone, pero poco a poco esa tranquilidad fue sustituida por una sensación de orgullo que me acompañó el resto del día, incluso cuando en compañía de Víctor y Ana, decliné a hacer la siguiente prueba y observé desde la tranquilidad de pisar tierra firme como el resto de nuestro equipo continuaba sus andaduras por plataformas más altas, saltando de liana en liana como una familia de micos.

Mis alumnos y mi compañera me han visto temblar, pero no me avergüenza. Gracias a ellos, que me han convertido en su pupilo durante esta aventura, se puede decir que soy un poco menos miedoso. Espero que el bálsamo, como esta amistad, tenga un efecto duradero; es difícil encontrar buenas curas para males tan grandes.

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Por: Lucas Morales.

Profesor de la E.U. de Turismo de Santa Cruz de Tenerife.

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